por
Lee Kraft, desde Ixtapa-Zihuatanejo
Llama la atención que la espectacular fusión de
Air France y KLM no despertó más polémica
en la prensa internacional. Después de todo, mas que una
fusión, fue un "takeover" de KLM por parte de
Air France, línea aérea francesa que se quedó
con el 87% de las acciones de la holandesa. Que una línea
aérea absorba a otra no es extraño: hemos visto
muchos casos, como por ejemplo con Air Canada y Canadian Airlines,
American Airlines y TWA, British Airways y Dan Air, Austrian Airways
y Lauda Air, etc., pero todas estas fueron dentro de un mismo
país o adquisiciones de empresas muy pequeñas. Aquí,
sin embargo, tenemos el primer caso en el que una línea
bandera (la de Francia) asume a otra de bandera (de Holanda).
El Gobierno francés es dueño del 52% de las acciones
de AIR FRANCE y ahora también de KLM. Hace pocos años,
los subsidios gubernamentales - no autorizados, por cierto, por
la Comisión Europea - para Air France se tradujeron en
una serie de demandas legales por parte de otras líneas
aéreas del continente, ya que estas empresas tuvieron que
competir bajo condiciones desiguales, al no poder disfrutar de
dichos subsidios.
¿Además
del aspecto legal y comercial, no le parece extraño que
nadie hable sobre la pérdida de soberanía, de intereses
nacionales, de peligros
? La soberanía nacional no
parece ser tema de preocupación para los holandeses. ¿Será
porque no tienen un nacionalismo tan marcado o no consideran amenazante
el hecho de que su línea aérea ahora pertenece a
la Air France. Repito: línea aérea que hace un par
de años estuvo al borde de la quiebra, capaz de sobrevivir
solo gracias a fuertes subsidios por parte del gobierno francés
y en constante conflicto con las autoridades de la EU debido a
estos subsidios que las demás líneas europeas consideraron
ilegales? ¡Ahora cuenta con suficiente capital para adquirir
a KLM!
El
manejo tan despreocupado del tema del nacionalismo y de la soberanía
por parte de los holandeses contrasta con las costumbres fomentadas
por los gobiernos de nuestra región. A pesar de las terribles
consecuencias que ha tenido para los humanos, especialmente en
el siglo XX en que grupos étnicos enteros se hallaron y
se hallan al borde de la extinción, seguimos cultivando
el nacionalismo como valor innato de la persona y un símbolo
de orgullo de seres supuestamente desarrollados. El amor a las
costumbres regionales, los paisajes y las raíces culturales
se confunde con el orgullo nacionalista. La verdad es que el nacionalismo
es un condicionamiento nefasto que busca hacer de todos los individuos
soldados para la defensa de las "imaginadas naciones imaginarias".
En Europa, finalmente vemos hacerse realidad el sueño de
Victor Hugo, quien anhelaba ver al continente como una sola nación.
Hoy, la Unión Europea cuenta con una sola moneda fuerte
y una economía más sólida; ya no existen
fronteras, solo una mezcla de idiomas. ¿Y qué pasó
con el sueño dorado del gran Libertador Simón Bolívar
quién añoró ver conformada una sola nación
Latinoamericana? Lejos de llegar a este ideal, en nuestros países
- en toda la región - seguimos instruyendo a nuestros hijos
desde la temprana edad de 6 años a cantar - por lo menos
una vez a la semana - un canto nacionalista con frases de sangre
y gloria ante símbolos de guerra como las banderas y los
escudos. Esto jamás puede conducir a la paz entre naciones
o a que no haya odio entre razas. Esto solo puede llevar a la
intolerancia y al prejuicio referente a otras naciones, culturas
e ideologías. Lo inquietante de todo este proceso es que
las personas no estamos conscientes del lavado sutil del cerebro
al que estamos siendo sujetos, no en un sentido negativo o positivo
del mismo, sino simplemente a que el proceso de condicionamiento
ocurre en todo momento y somos producto de este.
Mientras
vivamos expuestos a estos condicionamientos, mientras que sigamos
permitiendo a los gobiernos - cualquier gobierno - que promueva
el nacionalismo como valor humano, no lograremos ser tolerantes.
Es importante que aprendamos a darnos cuenta del origen de nuestros
condicionamientos (culturales, religiosos, sexuales) desde los
tiempos de cavernícolas, cuando la protección de
la raza se lograba a base de subordinación total a los
intereses de la tribu. Nuestra mente tiene que ir reajustándose
a situaciones diferentes a las cuales no estamos acostumbrados
o a las cuales vemos con aversión pues no son parte de
nuestro condicionamiento. Es hora de contrarrestar - y no fomentar
- su efecto, en un mundo cada vez más relacionado; en un
mundo donde el cambio es la ley del día a día. Debemos
hacer el esfuerzo, porque vivimos en el siglo XXI. ¿O acaso
hemos evolucionado solo en aspectos materialistas y no en el humano?
Agradeceré
sus comentarios y sugerencias a la dirección electrónica:
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