Turismo y Mercadotecnia - 05 de Febrero del 2004

por Lee Kraft, desde Ixtapa-Zihuatanejo

Llama la atención que la espectacular fusión de Air France y KLM no despertó más polémica en la prensa internacional. Después de todo, mas que una fusión, fue un "takeover" de KLM por parte de Air France, línea aérea francesa que se quedó con el 87% de las acciones de la holandesa. Que una línea aérea absorba a otra no es extraño: hemos visto muchos casos, como por ejemplo con Air Canada y Canadian Airlines, American Airlines y TWA, British Airways y Dan Air, Austrian Airways y Lauda Air, etc., pero todas estas fueron dentro de un mismo país o adquisiciones de empresas muy pequeñas. Aquí, sin embargo, tenemos el primer caso en el que una línea bandera (la de Francia) asume a otra de bandera (de Holanda). El Gobierno francés es dueño del 52% de las acciones de AIR FRANCE y ahora también de KLM. Hace pocos años, los subsidios gubernamentales - no autorizados, por cierto, por la Comisión Europea - para Air France se tradujeron en una serie de demandas legales por parte de otras líneas aéreas del continente, ya que estas empresas tuvieron que competir bajo condiciones desiguales, al no poder disfrutar de dichos subsidios.

¿Además del aspecto legal y comercial, no le parece extraño que nadie hable sobre la pérdida de soberanía, de intereses nacionales, de peligros…? La soberanía nacional no parece ser tema de preocupación para los holandeses. ¿Será porque no tienen un nacionalismo tan marcado o no consideran amenazante el hecho de que su línea aérea ahora pertenece a la Air France. Repito: línea aérea que hace un par de años estuvo al borde de la quiebra, capaz de sobrevivir solo gracias a fuertes subsidios por parte del gobierno francés y en constante conflicto con las autoridades de la EU debido a estos subsidios que las demás líneas europeas consideraron ilegales? ¡Ahora cuenta con suficiente capital para adquirir a KLM!

El manejo tan despreocupado del tema del nacionalismo y de la soberanía por parte de los holandeses contrasta con las costumbres fomentadas por los gobiernos de nuestra región. A pesar de las terribles consecuencias que ha tenido para los humanos, especialmente en el siglo XX en que grupos étnicos enteros se hallaron y se hallan al borde de la extinción, seguimos cultivando el nacionalismo como valor innato de la persona y un símbolo de orgullo de seres supuestamente desarrollados. El amor a las costumbres regionales, los paisajes y las raíces culturales se confunde con el orgullo nacionalista. La verdad es que el nacionalismo es un condicionamiento nefasto que busca hacer de todos los individuos soldados para la defensa de las "imaginadas naciones imaginarias". En Europa, finalmente vemos hacerse realidad el sueño de Victor Hugo, quien anhelaba ver al continente como una sola nación. Hoy, la Unión Europea cuenta con una sola moneda fuerte y una economía más sólida; ya no existen fronteras, solo una mezcla de idiomas. ¿Y qué pasó con el sueño dorado del gran Libertador Simón Bolívar quién añoró ver conformada una sola nación Latinoamericana? Lejos de llegar a este ideal, en nuestros países - en toda la región - seguimos instruyendo a nuestros hijos desde la temprana edad de 6 años a cantar - por lo menos una vez a la semana - un canto nacionalista con frases de sangre y gloria ante símbolos de guerra como las banderas y los escudos. Esto jamás puede conducir a la paz entre naciones o a que no haya odio entre razas. Esto solo puede llevar a la intolerancia y al prejuicio referente a otras naciones, culturas e ideologías. Lo inquietante de todo este proceso es que las personas no estamos conscientes del lavado sutil del cerebro al que estamos siendo sujetos, no en un sentido negativo o positivo del mismo, sino simplemente a que el proceso de condicionamiento ocurre en todo momento y somos producto de este.

Mientras vivamos expuestos a estos condicionamientos, mientras que sigamos permitiendo a los gobiernos - cualquier gobierno - que promueva el nacionalismo como valor humano, no lograremos ser tolerantes. Es importante que aprendamos a darnos cuenta del origen de nuestros condicionamientos (culturales, religiosos, sexuales) desde los tiempos de cavernícolas, cuando la protección de la raza se lograba a base de subordinación total a los intereses de la tribu. Nuestra mente tiene que ir reajustándose a situaciones diferentes a las cuales no estamos acostumbrados o a las cuales vemos con aversión pues no son parte de nuestro condicionamiento. Es hora de contrarrestar - y no fomentar - su efecto, en un mundo cada vez más relacionado; en un mundo donde el cambio es la ley del día a día. Debemos hacer el esfuerzo, porque vivimos en el siglo XXI. ¿O acaso hemos evolucionado solo en aspectos materialistas y no en el humano?

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